VAYAMOS AL ENCUENTRO pretende ser un blog para reafirmarse en la aventura de la fe cristiana, sabiendo, como nos decía Benedicto XVI que “la fe cristiana es ante todo encuentro con Jesús, una persona que da a la vida un nuevo horizonte… " (3-10-2007).
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viernes, 14 de marzo de 2025
CHARLA EN LA SEMANA DEL ENFERMO EN LA PARROQUIA DE SAN ACISCLO EN CÓRDOBA 2025. España.
VAYAMOS AL ENCUENTRO pretende ser un blog para reafirmarse en la aventura de la fe cristiana, sabiendo, como nos decía Benedicto XVI que “la fe cristiana es ante todo encuentro con Jesús, una persona que da a la vida un nuevo horizonte… " (3-10-2007).
CHARLA EN LA SEMANA DEL ENFERMO EN LA PARROQUIA DE SAN ACISCLO EN CÓRDOBA 2023. España.
VAYAMOS AL ENCUENTRO pretende ser un blog para reafirmarse en la aventura de la fe cristiana, sabiendo, como nos decía Benedicto XVI que “la fe cristiana es ante todo encuentro con Jesús, una persona que da a la vida un nuevo horizonte… " (3-10-2007).
CHARLA EN LA SEMANA DEL ENFERMO EN LA PARROQUIA DE SAN ACISCLO EN CÓRDOBA 2022. España.
VAYAMOS AL ENCUENTRO pretende ser un blog para reafirmarse en la aventura de la fe cristiana, sabiendo, como nos decía Benedicto XVI que “la fe cristiana es ante todo encuentro con Jesús, una persona que da a la vida un nuevo horizonte… " (3-10-2007).
MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA XXXIII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO-2025.
VAYAMOS AL ENCUENTRO pretende ser un blog para reafirmarse en la aventura de la fe cristiana, sabiendo, como nos decía Benedicto XVI que “la fe cristiana es ante todo encuentro con Jesús, una persona que da a la vida un nuevo horizonte… " (3-10-2007).
«La esperanza no defrauda» (Rm 5,5)
y nos hace fuertes en la tribulación
(Propuesta en el marco del Jubileo 2025)
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos la XXXIII Jornada Mundial del Enfermo en el Año Jubilar 2025, en
el que la Iglesia nos invita a hacernos “peregrinos de esperanza”. En esto nos
acompaña la Palabra de Dios que, por medio de san Pablo, nos da un gran mensaje
de aliento: «La esperanza no defrauda» (Rm 5,5),
es más, nos hace fuertes en la tribulación.
Son expresiones consoladoras, pero que pueden suscitar algunos interrogantes, especialmente en los que sufren. Por ejemplo: ¿cómo permanecer fuertes, cuando sufrimos en carne propia enfermedades graves, invalidantes, que quizás requieren tratamientos cuyos costos van más allá de nuestras posibilidades? ¿Cómo hacerlo cuando, además de nuestro sufrimiento, vemos sufrir a quienes nos quieren y que, aun estando a nuestro lado, se sienten impotentes por no poder ayudarnos? En todas estas situaciones sentimos la necesidad de un apoyo superior a nosotros: necesitamos la ayuda de Dios, de su gracia, de su Providencia, de esa fuerza que es don de su Espíritu (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1808).
Detengámonos pues un momento a reflexionar sobre la
presencia de Dios que permanece cerca de quien sufre, en particular bajo tres
aspectos que la caracterizan: el encuentro, el don y
el compartir.
1. El encuentro.
Jesús, cuando
envió en misión a los setenta y dos discípulos (cf. Lc 10,1-9), los exhortó a decir a los enfermos: «El Reino de Dios está
cerca de ustedes» (v. 9). Les pidió concretamente ayudarles a comprender que
también la enfermedad, aun cuando sea dolorosa y difícil de entender, es una
oportunidad de encuentro con el Señor. En el tiempo de la enfermedad, en
efecto, si por una parte experimentamos toda nuestra fragilidad como criaturas
—física, psicológica y espiritual—, por otra parte, sentimos la cercanía y la
compasión de Dios, que en Jesús ha compartido nuestros sufrimientos. Él no nos abandona y muchas veces nos sorprende con el don de una
determinación que nunca hubiéramos pensado tener, y que jamás hubiéramos
hallado por nosotros mismos.
La enfermedad entonces se convierte en ocasión de un encuentro que nos
transforma; en el hallazgo de una roca inquebrantable a la que podemos
aferrarnos para afrontar las tempestades de la vida; una experiencia que,
incluso en el sacrificio, nos vuelve más fuertes, porque nos hace más
conscientes de que no estamos solos. Por eso se dice que el dolor lleva siempre
consigo un misterio de salvación, porque hace experimentar el consuelo que
viene de Dios de forma cercana y real, hasta «conocer la plenitud del Evangelio
con todas sus promesas y su vida» San Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes, Nueva Orleans, 12
septiembre 1987).
2. Y esto nos conduce al segundo punto de reflexión: el don. Ciertamente, nunca como en el
sufrimiento nos damos cuenta de que toda esperanza viene del Señor, y que por
eso es, ante todo, un don que hemos de acoger y cultivar, permaneciendo “fieles
a la fidelidad de Dios”, según la hermosa expresión de Madeleine Delbrêl
(cf. La speranza è una luce nella notte, Ciudad del Vaticano
2024, Prefacio).
Por lo demás, sólo en la resurrección de Cristo nuestros destinos
encuentran su lugar en el horizonte infinito de la eternidad. Sólo de su Pascua
nos viene la certeza de que nada, «ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni
los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni
lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del
amor de Dios» (Rm 8,38-39). Y de esta “gran
esperanza” deriva cualquier otro rayo de luz que nos permite superar las
pruebas y los obstáculos de la vida (cf. Benedicto XVI, Carta Encíclica Spe Salvi,
27.31). No sólo eso, sino que el Resucitado también camina con nosotros,
haciéndose nuestro compañero de viaje, como con los discípulos de Emaús
(cf. Lc 24,13-53). Como ellos, también
nosotros podemos compartir con Él nuestro desconcierto, nuestras preocupaciones
y nuestras desilusiones, podemos escuchar su Palabra que nos ilumina y hace
arder nuestro corazón, y nos permite reconocerlo presente en la fracción del Pan,
vislumbrando en ese estar con nosotros, aun en los límites del presente, ese
“más allá” que al acercarse nos devuelve valentía y confianza.
3. Y llegamos así al tercer aspecto, el del compartir. Los lugares donde se sufre son a menudo
lugares de intercambio, de enriquecimiento mutuo. ¡Cuántas veces,
junto al lecho de un enfermo, se aprende a esperar! ¡Cuántas veces, estando
cerca de quien sufre, se aprende a creer! ¡Cuántas veces, inclinándose ante el
necesitado, se descubre el amor! Es decir, nos damos cuenta de que somos
“ángeles” de esperanza, mensajeros de Dios, los unos para los otros, todos
juntos: enfermos, médicos, enfermeros, familiares, amigos, sacerdotes,
religiosos y religiosas; y allí donde estemos: en la familia, en los
dispensarios, en las residencias de ancianos, en los hospitales y en las
clínicas.
Y es importante saber descubrir la belleza y la magnitud de estos
encuentros de gracia y aprender a escribirlos en el alma para no olvidarlos;
conservar en el corazón la sonrisa amable de un agente sanitario, la mirada
agradecida y confiada de un paciente, el rostro comprensivo y atento de un
médico o de un voluntario, el semblante expectante e inquieto de un cónyuge, de
un hijo, de un nieto o de un amigo entrañable. Son todas luces que atesorar
pues, aun en la oscuridad de la prueba, no sólo dan fuerza, sino que enseñan el
sabor verdadero de la vida, en el amor y la proximidad (cf. Lc 10,25-37).
Queridos enfermos, queridos hermanos y hermanas que asisten a los que
sufren, en este Jubileo ustedes tienen más que
nunca un rol especial. Su caminar juntos, en efecto, es un signo para todos,
«un himno a la dignidad humana, un canto de esperanza» (Bula Spes non confundit, 11), cuya
voz va mucho más allá de las habitaciones y las camas de los sanatorios donde
se encuentren, estimulando y animando en la caridad “el concierto de toda la
sociedad” (cf. ibíd) en una armonía a veces difícil de realizar, pero
precisamente por eso, muy dulce y fuerte, capaz de llevar luz y calor allí
donde más se necesita.
Toda la Iglesia les está agradecida. También yo lo estoy y rezo por ustedes
encomendándolos a María, Salud de los enfermos, por medio de las palabras con
las que tantos hermanos y hermanas se han dirigido a ella en las dificultades:
Los bendigo, junto con sus familias y demás seres queridos, y les pido, por
favor, que no se olviden de rezar por mí.
Roma, San Juan de Letrán, 14 de enero de 2025
VÍDEOS PARA ESTAR SEGUROS EN JESÚS
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MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA XXXII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO-2024.
VAYAMOS AL ENCUENTRO pretende ser un blog para reafirmarse en la aventura de la fe cristiana, sabiendo, como nos decía Benedicto XVI que “la fe cristiana es ante todo encuentro con Jesús, una persona que da a la vida un nuevo horizonte… " (3-10-2007).
«No conviene que el hombre esté solo» (Gn 2,18). Desde el principio, Dios, que es amor, creó el ser humano para la comunión, inscribiendo en su ser la dimensión relacional. Así, nuestra vida, modelada a imagen de la Trinidad, está llamada a realizarse plenamente en el dinamismo de las relaciones, de la amistad y del amor mutuo. Hemos sido creados para estar juntos, no solos. Y es precisamente porque este proyecto de comunión está inscrito en lo más profundo del corazón humano, que la experiencia del abandono y de la soledad nos asusta, es dolorosa e, incluso, inhumana. Y lo es aún más en tiempos de fragilidad, incertidumbre e inseguridad, provocadas, muchas veces, por la aparición de alguna enfermedad grave.
Pienso, por ejemplo, en cuantos estuvieron terriblemente solos durante la pandemia de Covid-19; en los pacientes que no podía recibir visitas, pero también en los enfermeros, médicos y personal de apoyo, sobrecargados de trabajo y encerrados en las salas de aislamiento. Y obviamente no olvidemos a quienes debieron afrontar solos la hora de la muerte, solo asistidos por el personal sanitario, pero lejos de sus propias familias.
Al mismo tiempo, me uno con dolor a la condición de sufrimiento y soledad de quienes, a causa de la guerra y sus trágicas consecuencias, se encuentran sin apoyo y sin asistencia. La guerra es la más terrible de las enfermedades sociales y son las personas más frágiles las que pagan el precio más alto.
Sin embargo, es necesario subrayar que, también en los países que gozan de paz y cuentan con mayores recursos, el tiempo de la vejez y de la enfermedad se vive a menudo en la soledad y, a veces, incluso en el abandono. Esta triste realidad es consecuencia sobre todo de la cultura del individualismo, que exalta el rendimiento a toda costa y cultiva el mito de la eficiencia, volviéndose indiferente e incluso despiadada cuando las personas ya no tienen la fuerza necesaria para seguir ese ritmo. Se convierte entonces en una cultura del descarte, en la que «no se considera ya a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, especialmente si son pobres o discapacitadas, si “todavía no son útiles” —como los no nacidos—, o si “ya no sirven” —como los ancianos—.» (Carta enc. Fratelli tutti, 18). Desgraciadamente, esta lógica también prevalece en determinadas opciones políticas, que no son capaces de poner en el centro la dignidad de la persona humana y sus necesidades, y no siempre favorecen las estrategias y los medios necesarios para garantizar el derecho fundamental a la salud y el acceso a los cuidados médicos a todo ser humano. Al mismo tiempo, el abandono de las personas frágiles y su soledad también se agravan por el hecho de reducir los cuidados únicamente a servicios de salud, sin que éstos vayan sabiamente acompañados por una “alianza terapéutica” entre médico, paciente y familiares.
Nos hace bien volver a escuchar esa palabra bíblica: ¡no conviene que el hombre esté solo! Dios la pronuncia al comienzo mismo de la creación y nos revela así el sentido profundo de su designio sobre la humanidad, pero, al mismo tiempo, también la herida mortal del pecado, que se introduce generando recelos, fracturas, divisiones y, por tanto, aislamiento. Esto afecta a la persona en todas sus relaciones; con Dios, consigo misma, con los demás y con la creación. Ese aislamiento nos hace perder el sentido de la existencia, nos roba la alegría del amor y nos hace experimentar una opresiva sensación de soledad en todas las etapas cruciales de la vida.
Hermanos y hermanas, el primer cuidado del que tenemos necesidad en la enfermedad es el de una cercanía llena de compasión y de ternura. Por eso, cuidar al enfermo significa, ante todo, cuidar sus relaciones, todas sus relaciones; con Dios, con los demás —familiares, amigos, personal sanitario—, con la creación y consigo mismo. ¿Es esto posible? Claro que es posible, y todos estamos llamados a comprometernos para que sea así. Fijémonos en la imagen del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37), en su capacidad para aminorar el paso y hacerse prójimo, en la actitud de ternura con que alivia las heridas del hermano que sufre.
Recordemos esta verdad central de nuestra vida, que hemos venido al mundo porque alguien nos ha acogido. Hemos sido hechos para el amor, estamos llamados a la comunión y a la fraternidad. Esta dimensión de nuestro ser nos sostiene de manera particular en tiempos de enfermedad y fragilidad, y es la primera terapia que debemos adoptar todos juntos para curar las enfermedades de la sociedad en la que vivimos.
A ustedes que padecen una enfermedad, temporal o crónica, me gustaría decirles: ¡no se avergüencen de su deseo de cercanía y ternura! No lo oculten y no piensen nunca que son una carga para los demás. La condición de los enfermos nos invita a todos a frenar los ritmos exasperados en los que estamos inmersos y a redescubrirnos a nosotros mismos.
En este cambio de época en el que vivimos, nosotros los cristianos estamos especialmente llamados a hacer nuestra la mirada compasiva de Jesús. Cuidemos a quienes sufren y están solos, e incluso marginados y descartados. Con el amor recíproco que Cristo Señor nos da en la oración, sobre todo en la Eucaristía, sanemos las heridas de la soledad y del aislamiento. Cooperemos así a contrarrestar la cultura del individualismo, de la indiferencia, del descarte, y hagamos crecer la cultura de la ternura y de la compasión.
Los enfermos, los frágiles, los pobres están en el corazón de la Iglesia y deben estar también en el centro de nuestra atención humana y solicitud pastoral. No olvidemos esto. Y encomendémonos a María Santísima, Salud de los Enfermos, para que interceda por nosotros y nos ayude a ser artífices de cercanía y de relaciones fraternas.
Roma, San Juan de Letrán, 10 de enero de 2024
Francisco
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MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA XXXI JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO-2023.
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MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA XXX JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO-2022.
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MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA XXIX JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO-2021.
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MENSAJE DE LA PASCUA DEL ENFERMO 2022 DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA.
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MENSAJE DE LOS OBISPOS DE LA SUBCOMISIÓN EPISCOPAL PARA LA ACCIÓN CARITATIVA Y SOCIAL.
PASCUA DEL ENFERMO, 22-MAYO-2022.
Acompañar en el Sufrimiento
“Sed misericordiosos como vuestro Padre es
misericordioso”
(Lc 6,36)
El
11 de febrero pasado celebramos la trigésima Jornada Mundial del Enfermo,
instituida por San Juan Pablo II en 1992 con la finalidad de sensibilizar a la
Iglesia y a toda la sociedad de la necesidad de asegurar la mejor asistencia
posible a los enfermos y a cuantos los cuidan, así como procurar que cuantos
viven y trabajan junto a los que sufren, comprendan mejor la importancia de la
asistencia religiosa a los enfermos. La Jornada Mundial de este año se
desarrolla bajo el lema: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es
misericordioso” (Lc 6,36). Con esta Jornada, las Iglesias que peregrinamos en
España iniciamos la Campaña del enfermo que culmina el 22 de mayo, VI Domingo
de Pascua. Durante este tiempo, centraremos nuestra atención en la necesidad y
urgencia de “acompañar en el sufrimiento”.
En
el Mensaje que el Santo Padre, el Papa Francisco, nos dirige con este motivo
(10.XII.2021), nos recuerda que Dios “nos cuida con la fuerza de un padre y la
ternura de una madre” y que “el testigo supremo del amor misericordioso del
Padre a los enfermos es su Hijo unigénito”. Ciertamente, los Evangelios nos
narran los continuos encuentros de Jesús con las personas enfermas para
acompañar su dolor, darle sentido, curarlo. Como discípulos suyos, estamos
llamados a hacer lo mismo.
Aunque
la ciencia médica, apoyada por los grandes avances técnicos, ha permitido
erradicar multitud de enfermedades, la experiencia vivida durante estos dos
últimos años con la pandemia de la Covid-19 nos ha mostrado nuestra
vulnerabilidad y, sobre todo, nos ha hecho percibir la necesidad de acompañar a
los que sufren cualquier tipo de enfermedad, ya sea de las más habituales, ya
de otras menos “visualizadas” que provocan un sufrimiento grande como las
enfermedades mentales, las neurodegenerativas (ELA, Alzheimer…) o las
denominadas “enfermedades raras”, para las que se destinan menos recursos
humanos y materiales.
Como
nos recuerda también el Papa Francisco, el sufrimiento de nuestros hermanos se
convierte en una urgente llamada a ser “testigos de la caridad de Dios que
derramen sobre las heridas de los enfermos el aceite de la consolación y el
vino de la esperanza, siguiendo el ejemplo de Jesús, misericordia del Padre”.
Ciertamente, “cuando una persona experimenta en su propia carne la fragilidad y
el sufrimiento a causa de la enfermedad, también su corazón se entristece, el
miedo crece, los interrogantes se multiplican”. El Señor, a través de su grito,
reclama nuestro acompañamiento.
El
enfermo es siempre el centro de nuestra caridad pastoral. No podemos dejar de
escuchar al paciente, su historia, sus angustias y sus miedos. Incluso cuando
no es posible curar, siempre es posible cuidar, siempre es posible consolar,
siempre es posible hacer sentir nuestra cercanía. Lo que el Papa recuerda a los
agentes sanitarios cuando explica cómo “sus manos, que tocan la carne sufriente
de Cristo, pueden ser signo de las manos misericordiosas del Padre” es válido
para todos los que cuidan a los enfermos. “La caridad tiene necesidad de
tiempo. Tiempo para curar a los enfermos y tiempo para visitarles. Tiempo para
estar junto a ellos, como hicieron los amigos de Job: «Luego se sentaron en el
suelo junto a él, durante siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una
palabra, porque veían que el dolor era muy grande» (Job 2,13)” (Papa Francisco,
Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de 2015).
El
mayor dolor es el sufrimiento moral ante la falta de esperanza. En
consecuencia, hemos de ser muy conscientes de nuestra misión: “siempre
dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pida” (1 Pe 3,
15). Se hace necesario estar preparados para aportar esperanza; pero no una
esperanza cualquiera, sino -como recuerda Benedicto XVI- una esperanza “fiable,
gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un
presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos
estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el
esfuerzo del camino” (Spe Salvi, 1).
Esta
falta de esperanza nace con frecuencia en terrenos donde no se ha sembrado la
fe. Como nos recuerda el Papa Francisco, “si la peor discriminación que padecen
los pobres -y los enfermos son pobres de salud- es la falta de atención espiritual,
no podemos dejar de ofrecerles la cercanía de Dios, su bendición, su Palabra,
la celebración de los sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y
maduración en la fe” (Evangelii gaudium, 200).
Para
concluir, junto con al Santo Padre, deseamos “reafirmar la importancia de las
instituciones sanitarias católicas: son un tesoro precioso que hay que
custodiar y sostener; su presencia ha caracterizado la historia de la Iglesia
por su cercanía a los enfermos más pobres y a las situaciones más olvidadas…
Aún hoy en día, incluso en los países más desarrollados, su presencia es una
bendición, porque siempre pueden ofrecer, además del cuidado del cuerpo con
toda la pericia necesaria, también aquella caridad gracias a la cual el enfermo
y sus familiares ocupan un lugar central. En una época en la que la cultura del
descarte está muy difundida y a la vida no siempre se le reconoce la dignidad
de ser acogida y vivida, estas estructuras, como casas de la misericordia,
pueden ser un ejemplo en la protección y el cuidado de toda existencia, aun de
la más frágil, desde su concepción hasta su término natural”.
Encomendamos
a los enfermos, a sus familiares y acompañantes a la intercesión de María,
Salud de los enfermos. De este modo, abrazados a la cruz de Jesucristo,
encontrarán sentido, consuelo y esperanza.
+
Jesús Fernández González
+ Francesc
Pardo Artigas (1)
+ Abilio
Martínez Varea
+ Javier
Vilanova Pellisa
+ Fernando
García Cadiñanos
(1) Obispo
responsable de la Pastoral de la Salud desde 2017, fallecido el día 31 de marzo
de 2022.
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MANIFIESTO DEL GRUPO PASTORAL DE LA SALUD DE LA PARROQUIA DE SAN ACISCLO EN CÓRDOBA-2025. España.
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