VAYAMOS AL ENCUENTRO pretende ser un blog para reafirmarse en la aventura de la fe cristiana, sabiendo, como nos decía Benedicto XVI que “la fe cristiana es ante todo encuentro con Jesús, una persona que da a la vida un nuevo horizonte… " (3-10-2007).
«La esperanza no defrauda» (Rm 5,5)
y nos hace fuertes en la tribulación
(Propuesta en el marco del Jubileo 2025)
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos la XXXIII Jornada Mundial del Enfermo en el Año Jubilar 2025, en
el que la Iglesia nos invita a hacernos “peregrinos de esperanza”. En esto nos
acompaña la Palabra de Dios que, por medio de san Pablo, nos da un gran mensaje
de aliento: «La esperanza no defrauda» (Rm 5,5),
es más, nos hace fuertes en la tribulación.
Son expresiones consoladoras, pero que pueden suscitar algunos interrogantes, especialmente en los que sufren. Por ejemplo: ¿cómo permanecer fuertes, cuando sufrimos en carne propia enfermedades graves, invalidantes, que quizás requieren tratamientos cuyos costos van más allá de nuestras posibilidades? ¿Cómo hacerlo cuando, además de nuestro sufrimiento, vemos sufrir a quienes nos quieren y que, aun estando a nuestro lado, se sienten impotentes por no poder ayudarnos? En todas estas situaciones sentimos la necesidad de un apoyo superior a nosotros: necesitamos la ayuda de Dios, de su gracia, de su Providencia, de esa fuerza que es don de su Espíritu (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1808).
Detengámonos pues un momento a reflexionar sobre la
presencia de Dios que permanece cerca de quien sufre, en particular bajo tres
aspectos que la caracterizan: el encuentro, el don y
el compartir.
1. El encuentro.
Jesús, cuando
envió en misión a los setenta y dos discípulos (cf. Lc 10,1-9), los exhortó a decir a los enfermos: «El Reino de Dios está
cerca de ustedes» (v. 9). Les pidió concretamente ayudarles a comprender que
también la enfermedad, aun cuando sea dolorosa y difícil de entender, es una
oportunidad de encuentro con el Señor. En el tiempo de la enfermedad, en
efecto, si por una parte experimentamos toda nuestra fragilidad como criaturas
—física, psicológica y espiritual—, por otra parte, sentimos la cercanía y la
compasión de Dios, que en Jesús ha compartido nuestros sufrimientos. Él no nos abandona y muchas veces nos sorprende con el don de una
determinación que nunca hubiéramos pensado tener, y que jamás hubiéramos
hallado por nosotros mismos.
La enfermedad entonces se convierte en ocasión de un encuentro que nos
transforma; en el hallazgo de una roca inquebrantable a la que podemos
aferrarnos para afrontar las tempestades de la vida; una experiencia que,
incluso en el sacrificio, nos vuelve más fuertes, porque nos hace más
conscientes de que no estamos solos. Por eso se dice que el dolor lleva siempre
consigo un misterio de salvación, porque hace experimentar el consuelo que
viene de Dios de forma cercana y real, hasta «conocer la plenitud del Evangelio
con todas sus promesas y su vida» San Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes, Nueva Orleans, 12
septiembre 1987).
2. Y esto nos conduce al segundo punto de reflexión: el don. Ciertamente, nunca como en el
sufrimiento nos damos cuenta de que toda esperanza viene del Señor, y que por
eso es, ante todo, un don que hemos de acoger y cultivar, permaneciendo “fieles
a la fidelidad de Dios”, según la hermosa expresión de Madeleine Delbrêl
(cf. La speranza è una luce nella notte, Ciudad del Vaticano
2024, Prefacio).
Por lo demás, sólo en la resurrección de Cristo nuestros destinos
encuentran su lugar en el horizonte infinito de la eternidad. Sólo de su Pascua
nos viene la certeza de que nada, «ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni
los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni
lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del
amor de Dios» (Rm 8,38-39). Y de esta “gran
esperanza” deriva cualquier otro rayo de luz que nos permite superar las
pruebas y los obstáculos de la vida (cf. Benedicto XVI, Carta Encíclica Spe Salvi,
27.31). No sólo eso, sino que el Resucitado también camina con nosotros,
haciéndose nuestro compañero de viaje, como con los discípulos de Emaús
(cf. Lc 24,13-53). Como ellos, también
nosotros podemos compartir con Él nuestro desconcierto, nuestras preocupaciones
y nuestras desilusiones, podemos escuchar su Palabra que nos ilumina y hace
arder nuestro corazón, y nos permite reconocerlo presente en la fracción del Pan,
vislumbrando en ese estar con nosotros, aun en los límites del presente, ese
“más allá” que al acercarse nos devuelve valentía y confianza.
3. Y llegamos así al tercer aspecto, el del compartir. Los lugares donde se sufre son a menudo
lugares de intercambio, de enriquecimiento mutuo. ¡Cuántas veces,
junto al lecho de un enfermo, se aprende a esperar! ¡Cuántas veces, estando
cerca de quien sufre, se aprende a creer! ¡Cuántas veces, inclinándose ante el
necesitado, se descubre el amor! Es decir, nos damos cuenta de que somos
“ángeles” de esperanza, mensajeros de Dios, los unos para los otros, todos
juntos: enfermos, médicos, enfermeros, familiares, amigos, sacerdotes,
religiosos y religiosas; y allí donde estemos: en la familia, en los
dispensarios, en las residencias de ancianos, en los hospitales y en las
clínicas.
Y es importante saber descubrir la belleza y la magnitud de estos
encuentros de gracia y aprender a escribirlos en el alma para no olvidarlos;
conservar en el corazón la sonrisa amable de un agente sanitario, la mirada
agradecida y confiada de un paciente, el rostro comprensivo y atento de un
médico o de un voluntario, el semblante expectante e inquieto de un cónyuge, de
un hijo, de un nieto o de un amigo entrañable. Son todas luces que atesorar
pues, aun en la oscuridad de la prueba, no sólo dan fuerza, sino que enseñan el
sabor verdadero de la vida, en el amor y la proximidad (cf. Lc 10,25-37).
Queridos enfermos, queridos hermanos y hermanas que asisten a los que
sufren, en este Jubileo ustedes tienen más que
nunca un rol especial. Su caminar juntos, en efecto, es un signo para todos,
«un himno a la dignidad humana, un canto de esperanza» (Bula Spes non confundit, 11), cuya
voz va mucho más allá de las habitaciones y las camas de los sanatorios donde
se encuentren, estimulando y animando en la caridad “el concierto de toda la
sociedad” (cf. ibíd) en una armonía a veces difícil de realizar, pero
precisamente por eso, muy dulce y fuerte, capaz de llevar luz y calor allí
donde más se necesita.
Toda la Iglesia les está agradecida. También yo lo estoy y rezo por ustedes
encomendándolos a María, Salud de los enfermos, por medio de las palabras con
las que tantos hermanos y hermanas se han dirigido a ella en las dificultades:
Los bendigo, junto con sus familias y demás seres queridos, y les pido, por
favor, que no se olviden de rezar por mí.
Roma, San Juan de Letrán, 14 de enero de 2025
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