VAYAMOS AL ENCUENTRO pretende ser un blog para reafirmarse en la aventura de la fe cristiana, sabiendo, como nos decía Benedicto XVI que “la fe cristiana es ante todo encuentro con Jesús, una persona que da a la vida un nuevo horizonte… " (3-10-2007).
MENSAJE DEL PAPA LEÓN XIV PARA LA CUARESMA 2026:
"Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión".
La Cuaresma es el tiempo en el que
la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de
Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el
corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.
Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.
Escuchar
Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la
importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya
que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el
deseo de entrar en relación con el otro.
Dios mismo, al revelarse a Moisés
desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su
ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los
gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos
es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra
también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos
reducidos a la esclavitud.
Es un Dios que nos atrae, que hoy
también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso,
la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más
verdadera de la realidad.
Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las
Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el
sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta
disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios
para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de
los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela
constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y
económicos, y especialmente a la Iglesia».[1]
Si la Cuaresma es tiempo de escucha,
el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la
acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un
ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión.
Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que
tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve,
por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el
hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que
se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.
San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el
tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón,
cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la
justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De
este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres,
mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados;
mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento
serán repletos».[2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo
disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo,
de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.
Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la
tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad.
Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de
verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios».[3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de
alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir
también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de
vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida
cristiana».[4]
Por eso, me
gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco
apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y
lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las
palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes
y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender
a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos,
en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los
medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas
palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.
Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la
escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya
este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de
Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de
la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la
adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).
Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y
comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino
compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de
los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno
sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo
concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las
relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por
la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras
comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y
reconciliación.
Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más
atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un
ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que
hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que
nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren
encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más
dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.
Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.
Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa
Águeda, virgen y mártir.
LEÓN XIV PP.
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[1] Exhort. ap. Dilexi te (4 octubre 2025), 9.
[2] S. Agustín, La utilidad
del ayuno, 1, 1.
[3] Benedicto XVI, Catequesis (9 marzo 2011).
[4] S. Pablo VI, Catequesis (8 febrero 1978).
LISTA DE VÍDEOS SOBRE LA CUARESMA 2026.
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